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viernes, 10 de septiembre de 2010

Nuevos cambios en el perfil de consumo del peruano

Constantemente en mis diversas clases de desarrollo de productos y comportamiento de consumo, pongo énfasis en la importancia de conocer y comprender el perfil de consumo del consumidor ya que solo así tendremos una mejor oportunidad que el producto que desarrollemos sea vendido.


En artículo reciente aparecido en el Diario El Comercio (Lima, 09-09-10) se sa a conocer un estudio realizado por la firma de investigación de mercados Kantar Worldpanel, donde nos señala que durante el primer semestre del año el consumo dejó de lado el comportamiento cauteloso que lo caracterizó en los primeros meses del 2010 y volvió a retomar, aunque a menor ritmo, la senda de crecimiento precrisis.

Según el estudio “Consumer Insights”, nos muestra salvo el segmento alto, que todos los demás niveles socioeconómicos experimentaron una importante expansión, alentados por una mayor capacidad adquisitiva.

“El crecimiento fue mayor en el segmento marginal, que experimentó un repunte de 8%. Al parecer el ‘boom’ de la construcción y del sector agroexportador empieza a impactar con fuerza en este sector que esta planificando mejor sus compras”, refirió, Juan Carlos Ramos, gerente general de Kantar Worldpanel.

NUEVAS TENDENCIAS

Cabe mencionar que en junio la economía peruana creció 11,92%, la mayor tasa desde setiembre del 2008 (12,19%); y que según la encuesta de Manpower, las mayores expectativas de contratación para los próximos tres meses están lideradas por servicios y el sector construcción.

Ramos explicó que el consumo fue menor en el segmento alto (cayó -1%) porque las familias de este sector, empezaron a suplir productos de la canasta básica para realizar consumos fuera del hogar. “Por ejemplo muchos dejaron de comprar fideos porque ya no quieren cocinar en su casa. La mayoría prefiere ir a un restaurante”, refirió.

Pero ese no es el único cambio que experimentó el consumo. Según el estudio el comprador peruano ha evolucionado y se muestra cada vez más exigente y sofisticado. “Lo que para muchos era una tendencia hoy se ha vuelto una realidad. Las familias dejaron de fijarse en el precio para exigir productos con mayor valor agregado”, refirió Ramos, quien para ilustrar sus palabras, comentó lo que la investigadora de mercados encontró en las diferentes categorías. En la categoría de alimentos y de cuidado personal las familias peruanas empezaron a consumir con mayor frecuencia productos premium. “Eso lo vemos en fideos y champús, donde se empiezan a consumir los productos más caros del mercado”, dijo.

La misma tendencia se observa en productos de limpieza, en la que hoy se exigen productos multiusos. “No basta tener un suavizante o desinfectante. Para el ama de casa este debe tener otras cualidades”, anotó. La mayor sofisticación y exigencia también se estaría registrando –anotó el ejecutivo– en el nivel medio bajo y en el marginal, en los que se está reemplazando el sachet por el frasco o se está migrando del producto en granel al envasado.

Esa teoría se refuerza con las declaraciones del gerente general de Axur, Edgardo Vargas, quien manifestó que en los conos y en las provincias se puede observar claramente esa tendencia.

Otro cambio importante es que el consumidor está disminuyendo su frecuencia de compra, pero no lo hace porque tenga menos ingresos, sino porque cada vez que visita una bodega o un autoservicio tiende a comprar una mayor cantidad de productos.

AL DETALLE

Ramos manifestó que todas las canastas (alimentos, bebidas, cuidado personal y cuidado del hogar) presentan un buen comportamiento, sobre todo aquellas que tienen un atributo particular: la practicidad. En la categoría de alimentos, salvo cervezas y refrescos en polvo, que disminuyen, los demás productos están creciendo.

“Tanto aguas como yogur light crecen por una mayor preocupación por lo estético y el cuidado personal”, anotó Ramos.

Según las últimas cifras de la Corporación Lindley, las aguas de mesa crecen a un ritmo anual de 20%.

EL TICKET DE COMPRA CRECE

El estudio de Kantar Worldpanel revela que el avance del canal autoservicio es cada vez mayor. “Además de las inversiones que realizan los principales actores para expandirse, este avance también responde a las intensas promociones que han aplicado los supermercados en el primer trimestre”, explicó Ramos.

A raíz de esta estrategia los precios cayeron 7%. Otra buena noticia es que el ticket promedio en este canal ha crecido sustancialmente. Cadenas como Cencosud (Wong y Metro) invertirán us$230 millones durante el 2010.

CLAVES

1. Los sectores alto y medio alto están pensando ahorrar más para solventar los gastos de educación de sus hijos.

2. En los niveles medio bajo y marginal, los gastos continúan concentrándose en alimentos.

3. Las amas de casa empiezan a inclinarse por los productos light y los orgánicos.

4. Ramos estima que el consumo continuará creciendo, alentado por el buen desempeño de la economía peruana.

5. Recomienda ser cauto con los precios, pues el consumidor suele ser susceptible a esta variable.

jueves, 17 de diciembre de 2009

PROSUMIDORES: ¿una nueva estrategia de las marcas?

Por: Juan Pelaez Avalos

En el articulo “La nueva estrategia de las marcas: convertir a sus clientes en diseñadores” (Diario El Comercio. 17-12-09), se señala que empresas como Nike y Converse invitan cada vez más a sus consumidores para que diseñen sus propios modelos. Luego cuelgan las fotos en Facebook

Se destaca asimismo, que el ‘boom’ de las redes sociales no solo está cambiando el estilo de vida de las personas, sino también las formas de hacer negocios de las empresas. Al igual que en Internet los consumidores se han convertido ahora en ‘prosumidores’ (es decir, también productores), los clientes de las marcas pueden ser a su vez los diseñadores de los productos.

La lógica es la siguiente: las compañías invitan a sus consumidores a que formen parte del arte creativo de lo que venden, luego publican las imágenes de sus trabajos en Facebook y algunas también los publicitan en Twitter. Otras van aún más allá y también venden las creaciones. El comprador se convierte en vendedor.

Se dan ejemplos de marcas como Nike y Converse que están desarrollando este vínculo con sus clientes cada vez más seguido. Y no se trata de que solo los artistas puedan hacerlo: gente común y corriente, también.

Por su parte, otra marca de zapatillas, Keds, incorpora los productos diseñados en sus tiendas. Una de las grandes beneficiadas es Jeriana San Juan, una estadounidense que ha vendido hasta el momento 6 pares de estas zapatillas. “Estoy encantada. No esperaba que la gente comprara (mis diseños) salvo mi prima, a quien le dije que estaba haciendo esto”, señaló a The Wall Street Journal.

Kristin Kohler Burrows, presidenta de Keds, define este nuevo contexto como “un cambio total de modelo de negocio. El marketing se ha convertido en una conversación con el consumidor”. Y es que las imágenes de los diseños de los clientes se pueden ‘compartir’ desde las páginas web de las empresas vía Facebook, Twitter y Myspace.

En nuestro país, ya se realizan exhibiciones de marcas en donde los clientes crean sus diseños, pero aún no se ponen a la venta. Cito dos ejemplos: Hace unos meses tiendas Ripley lanzo un jean para jóvenes mujeres, donde ellas podían diseñar el jean. Asimismo, en mi labor docente he podido notar en los últimos meses el interés creciente de los alumnos por desarrollar productos personalizados donde el consumidor tenga el protagonismo en el diseño del producto.

Particularmente, me parece atinado que las empresas estén dando mayor énfasis al aporte que realizan los consumidores, sin embargo, debemos evaluar el incremento en los costos que implicarían los diseños personalizados y por ende en el precio final del producto.

Por tanto, las preguntas sobre las cuales tendremos que reflexionar son:

¿Hasta donde es posible la participación del consumidor en el diseño del producto?

¿Se estará dando inicio a la tendencia de la moda personalizada al alcance del bolsillo?

viernes, 3 de julio de 2009

Cae la confianza del consumidor limeño

El deterioro de la situación económica personal provocó retroceso en indicador

Si alguien quiere mostrar qué hay detrás de la desaceleración en el consumo privado, solo tiene que echar un vistazo a cómo ha evolucionado la confianza de los consumidores. El Índice de Actitudes y Confianza del Consumidor (IAC) que elabora trimestralmente Michelsen Consulting puede dar una muestra de ello. Y de que la tendencia en ese sector no es positiva.

“Para este segundo trimestre del año, la encuesta confirmó la tendencia a la baja marcada desde fines del 2008. El IAC cayó a 84,8 puntos, abajo del nivel óptimo de 100 (donde el porcentaje de optimistas es igual al de los pesimistas), registrando una caída de 8,2 puntos frente a los 93,1 puntos del primer trimestre del 2009. El IAC no registraba un nivel tan bajo desde marzo del 2006. Toda la ganancia en confianza de los últimos tres años se esfumó en el trimestre”, dijo Michelsen.

Al parecer, el principal detonante de esta baja fue el deterioro de la situación económica de las familias, lo que contrajo también la intención de compra de bienes duraderos. “Evidencias personales de deterioro económico personal entre más de 800.000 limeños y una sensación más firme de pesimismo impactaron el IAC mandándolo hacia abajo. La estabilización de precios del primer trimestre no fue suficiente para detener la tendencia”, señaló la consultora, que realiza este indicador desde el año 1980.
Los factores más importantes en la tendencia pesimista fueron un aumento significativo en las
expectativas de mayor desempleo a corto plazo y las expectativas de menores ingresos. “Ello expresa una crítica directa a los programas anticíclicos gubernamentales”, finalizó.
43% de quienes ganan menos de S/.1.000 al mes dicen que a su familia les va peor que hace un año. “Por eso les provoca salir a protestar”, dice Michelsen.

domingo, 5 de abril de 2009

EL IMPERIO DEL CONSUMO

Por: Eduardo Galeano
Recopilado del portal: www.ecoportal. net

El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En las fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar.La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble.La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar.La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza trabajo.

El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: Para casi todos esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.

El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En las fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica.

EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EEUU apenas suma el cinco por ciento de la población mundial.«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre. «Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas». Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la uniformizació n obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.

El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación. Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidad severa» ha crecido casi un 30 % entre la población joven de los países más desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los últimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El país que inventó las comidas y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico.

Triunfa la basura disfrazada de comida: Esta industria está conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposición del saber químico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast food. La plastificació n de la comida en escala mundial, obra de McDonald's, Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la autodeterminació n de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el alma una de sus puertas.

El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó, entre otras cosas, que la tarjeta MasterCard tonifica los músculos, que la Coca-Cola brinda eterna juventud y que el menú de McDonald's no puede faltar en la barriga de un buen atleta. El inmenso ejército de McDonald's dispara hamburguesas a las bocas de los niños y de los adultos en el planeta entero. El doble arco de esa M sirvió de estandarte, durante la reciente conquista de los países del Este de Europa. Las colas ante el McDonald's de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta elocuencia como el desmoronamiento del Muro de Berlín.

Un signo de los tiempos: Esta empresa, que encarna as virtudes del mundo libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún sindicato. McDonald's viola, así, un derecho legalmente consagrado en los muchos países donde opera. En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llama la Macfamilia, intentaron sindicalizarse en un restorán de Montreal en Canadá: el restorán cerró. Pero en el 98, otros empleados de McDonald's, en una pequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna de la Guía Guinness.

Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en cualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite. En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo libre, tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen televisor, y el televisor tiene la palabra... Comprado a plazos, ese animalito prueba la vocación democrática del progreso: a nadie escucha, pero habla para todos. Pobres y ricos conocen, así, las virtudes de los automóviles último modelo, y pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés que tal o cual banco ofrece.

Los expertos saben convertir a las mercancías en mágicos conjuntos contra la soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla. La cultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo.
Y las cosas no solamente pueden abrazar: ellas también pueden ser símbolos de ascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad de clases, llaves que abren las puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, mejor: Las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso es lo de menos. Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar fantasías: ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar?

El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle no son solamente fruto de la pobreza extrema. También son fruto de la ética individualista. La obsesión social del éxito, dice Platt, incide decisivamente sobre la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado decir que el dinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero produce algo tan parecido, que la diferencia es asunto de especialistas.

Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a siete mil años de vida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron los primeros cultivos, a fines del paleolítico. La población mundial se urbaniza, los campesinos se hacen ciudadanos. En América Latina tenemos campos sin nadie y enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las más injustas. Expulsados por la agricultura moderna de exportación, y por la erosión de sus tierras, los campesinos invaden los suburbios.

Ellos creen que Dios está en todas partes, pero por experiencia saben que atiende en las grandes urbes. Las ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos. En los campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando; en las ciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en tugurios, lo primero que descubren los recién llegados es que el trabajo falta y los brazos sobran, que nada es gratis y que los más caros artículos de lujo son el aire y el silencio.

Mientras nacía el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció en Florencia un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecían «porque la gente tiene el gusto de juntarse». Juntarse, encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentra con quién? ¿Se encuentra la esperanza con la realidad?
El deseo, ¿se encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la gente? Si las relaciones humanas han sido reducidas a relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra con las cosas?
El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión, donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías en oferta invaden y privatizan los espacios públicos. Las estaciones de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.

El shopping center, o shopping mall, vidriera de todas las vidrieras, impone su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación, a este templo mayor de las misas del consumo. La mayoría de los devotos contempla, en éxtasis, las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minoría compradora se somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante. El gentío, que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: los maniquíes visten como en Milán o París y las máquinas suenan como en Chicago, y para ver y oír no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas bendiciones de la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las marcas internacionales más famosas, como antes posaban al pie de la estatua delprócer en la plaza. Beatriz Solano ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos acuden al center, al shopping center, como antes acudían al centro. El tradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la excursión a estos centros urbanos. Lavados y planchados y peinados, vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas.

La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. Hoy que lo único que permanece es la inseguridad, las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la velocidad de la luz: ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shoppings centers, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad. Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin noche y sin día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la peligrosa realidad del mundo.

Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta a unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar el universo? La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar: Es una necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar a un shopping center del tamaño del planeta.

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